Por qué España debe retornar al Fondo Mundial contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria


Esta semana hemos tenido por Madrid a Peter Sands, nuevo director ejecutivo del Fondo Mundial contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. Creado hace poco más de 15 años, este artefacto institucional público-privado ha logrado con sus programas de financiación apuntalar la lucha contra las tres grandes pandemias de la pobreza, salvando 27 millones de vidas en el camino y evitando un número incontable de nuevas infecciones. Como pudimos comprobar en la conversación que mantuvo con algunos medios y con el equipo de ISGlobal, Sands se enorgullece de esta experiencia, pero también reconoce la necesidad de introducir cambios que permitan acabar con las tres epidemias en 2030, como proponen los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Tan peligroso es confiar en que las vacunas estén disponibles en un plazo tan corto, como esperar que lo que ha funcionado hasta ahora tenga el mismo efecto en un contexto epidemiológico que ha cambiado.

Pero su desafío principal posiblemente sea seguir haciendo bien lo que había hecho hasta ahora en el mundo de la banca, que es consolidar la estrategia de financiación del Fondo (no se pierdan este perfil de The Lancet sobre el asunto). Su experiencia pilotando una institución financiera británica durante los años de la crisis le va a venir al pelo para enfrentarse a un contexto en el que gobiernos que no quieren o no pueden comprometerse con la cooperación internacional se enfrentan a necesidades del desarrollo cada vez más amplias.

Tomen el ejemplo de España. Desde su creación en 2002, el Fondo ha recibido de nuestro país 723 millones de euros, la inmensa mayoría de ellos entre 2007 y 2010. Precisamente ese año el Fondo desapareció del mapa de la Cooperación Española, junto con casi todo lo demás. Y hasta hoy. La presencia de España en la última conferencia de refinanciación (2016) se limitó a una intervención retórica del Secretario de Estado desde la mesa de los niños.

Uno podría argumentar que las contribuciones a iniciativas multilaterales de desarrollo como la del Fondo solo son posibles cuando el donante ha satisfecho las obligaciones con sus programas bilaterales, ONG y otras partidas donde los gobiernos tienen un control “directo” del destino de los fondos (y, por lo tanto, una posibilidad de apuntarse el tanto). Al fin y al cabo, ya se gasta mucho en cooperación multilateral: en este momento el presupuesto total de la ayuda es tan exiguo que nuestro país destina bastante más de la mitad del total de los fondos a contribuciones obligatorias a los programas de la UE y a los organismos multilaterales de carácter financiero y no financiero.

Pero la escasez de recursos también es una poderosa razón para cuidar al extremo el impacto que se obtiene con cada euro invertido. España puede definir legítimamente los sectores y regiones a los que quiere apoyar de forma preferente, y elegir después entre sus diferentes opciones cuál es la mejor vía para canalizar esos recursos.

El Fondo Mundial ilustra bien las oportunidades de esta estrategia. Un sector tradicionalmente prioritario para la ayuda española, que entre 2002 y 2016 ha invertido la friolera de 5.300 millones de dólares en países de interés estratégico para nuestra cooperación y que puede ofrecer un retorno social por cada euro invertido que no admitiría comparación con ninguno de nuestros programas bilaterales equivalentes. Más aún, es posible argumentar que esta organización público-privada ha mejorado gracias en parte a la influencia de España, que en países como Mozambique ha defendido con éxito la necesidad de imbricarse en los sistemas nacionales de salud a través de estrategias más horizontales que verticales.

Algo de esto han reconocido los grupos parlamentarios en la Comisión de Cooperación del Congreso, que en abril de 2016 pidió por unanimidad (han leído bien) el retorno de España al Fondo Mundial. Los deseos de sus señorías podrían hacerse realidad el próximo año durante la sexta conferencia de refinanciación del Fondo, que se celebrará en Francia a mayor gloria del président Macron y de su generosidad. España puede retornar entonces a una institución que nunca debió abandonar, aportar en ella una cantidad modesta de recursos –la cifra se ha calculado en unos cien millones de dólares en tres años–, y aprovechar este hueco para influir en una batalla en la que la ciencia, la sanidad y la cooperación de nuestro país tanto han aportado y tanto tienen que aportar en el futuro.

[Agradezco a mi compañera Virginia Rodríguez la información utilizada para escribir este artículo]

🚩 Publicado originalmente en África: Enlace al post

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