La epidemia de cólera en Yemen, la de peste en Madagascar y las perspectivas del hambre para el siglo XXI, por José Antonio Barra

El cólera es producido por una bacteria que se trasmite a través de agua o alimentos contaminados. Está asociado a la miseria, a las aglomeraciones y a los desplazamientos masivos y desorganizados de personas. Es propio de contextos donde el abastecimiento de agua potable y los saneamientos (desagües) no existen o son precarios En el mundo se producen de uno a cuatro millones de casos anuales que dan lugar a entre 20.000 y 140.000 muertes.

Una buena parte de los casos se curan solos, pero en los restantes produce diarreas violentas que pueden provocar la muerte en cuestión de horas. Los enfermos necesitan un tratamiento urgente pero sencillo consistente en la rehidratación mediante sales disueltas en agua. Los casos más graves requieren rehidratación intravenosa y antibióticos. Para controlar las epidemias de cólera son fundamentales el restablecimiento de la potabilidad del agua y las medidas higiénicas de todo tipo.


En octubre de 2016 apareció el cólera en Yemen. Tuvo una pequeña expansión hasta finales de año y luego retrocedió hasta considerarse casi desaparecido en Marzo de 2017. Pero en Abril repuntó de forma explosiva y durante todo el verano se han estado produciendo más de cuatro mil casos diarios. En estos días (principios de Noviembre) todavía se dan más de dos mil casos nuevos al día. En total, más de novecientos mil afectados. Da miedo. La tasa de mortalidad, sin embargo, es bastante baja, situándose en torno a un dos por mil, lo que sin duda se debe a la actuación de organizaciones internacionales que distribuyen sobres con sales para la rehidratación oral. Una epidemia como la de Yemen, tan profunda y tan duradera, sólo puede explicarse en un contexto dramático de miseria y desplazamientos masivos provocados por la guerra. Una guerra de la que ya ni se habla.

En estos momentos hay, además, brotes de cólera de diversa envergadura hasta en doce países africanos, siendo especialmente graves los de República Democrática del Congo, Sudán del Sur, y Noreste de Nigeria.

La Organización Mundial de la Salud dice textualmente que el cólera es“un indicador clave de la falta de desarrollo social”, y que “recientemente se ha observado un resurgimiento de esta enfermedad en paralelo con el aumento incontenible de los grupos de población vulnerables que viven en condiciones de falta de higiene”.

En Madagascar, por otro lado, hay un brote significativo de peste. La peste es endémica en este país donde todos los años produce episodios de poca importancia en lugares remotos, pero esta vez la enfermedad ha saltado a las grandes ciudades (originalidad que ya tuvo el Ébola en África Occidental) y desde finales de Agosto hasta el catorce de Noviembre ha producido algo más de dos mil casos con 171 fallecidos. La peste, muy contagiosa, se cura sin embargo con antibióticos, con los que hay que tratar a los enfermos y a sus contactos.

No, el mundo no va bien. Hace algunas semanas salió el informe anual de la FAO sobre el hambre (“El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2017”) en el que se indica que “tras haber disminuído de forma constante durante más de una década, vuelve a aumentar el hambre en el mundo, que afectó a 815 millones de personas en 2016” en África, Asia, América y Caribe. Respecto a los conflictos, el mismo informe dice que en la última década su número ha aumentado alcanzando un máximo histórico nunca antes conocido, y que se han vuelto más complejos e irresolubles, además de estar cada vez más agravados por el cambio climático.

En cuanto al hambre, parece haber cierta coincidencia de opiniones en que el planeta tiene capacidad para producir la comida que vamos a ir necesitando. Tenemos un cierto margen de maniobra que -bien manejado- permitiría producir suficiente comida incluso a pesar del cambio climático. Manejar bien ese margen incluirá seguramente cambios de paradigmas, por lo que cualquier optimismo debe ser más que moderado. También dicen los expertos que, en el mejor de los casos, las zonas del planeta donde se produzca la comida y las zonas donde se necesite no van a coincidir, de modo que habrá países que tendrán necesariamente que importar alimentos, como los del Sahel y en general toda el África Subsahariana, donde el cambio climático será muy duro. No está nada claro que estos países vayan a poder importarlos, y en caso de que pudieran, tampoco sabemos si sus ciudadanos podrán comprarlos.

En esta parte del mundo el cólera y la peste nos preocupan poco. Tenemos agua potable, alcantarillados, antibióticos, … No hay por qué darle la importancia que se le dió al Ébola. Estamos tan confiados que apenas si se oye alguna noticia. Pero nuestra seguridad no es tal: el virus del Chikungunya viene provocando desde 2007 un goteo de casos en el sureste de Francia y parte de Italia: produce una enfermedad muy leve, pero nos avisa claramente de que estamos todos en el mismo barco. Y respecto al hambre, ya lo dice Rafael Amor en la canción No me llames extranjero: “el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño”.

No, el siglo XXI no va nada bien. Más vale que empecemos a pensar en cómo manejar el “margen”.

Nota: Para mantenerse al día sobre las epidemias citadas son útiles los siguientes enlaces de la OMS (conviene abrir siempre la versión en inglés):

- Cólera de Yemen

- Peste de Madagascar

- Resumen de epidemias y otras emergencias en la región africana de la OMS (que incluye -ojo- sólo una parte del África Subsahariana):

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