Erradicar el ébola llevará más que tomar una simple pastilla (parte 1/2)


Según investigadores médicos, dos medicamentos experimentales utilizados para tratar el virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC) están funcionando. Las personas infectadas que tomaron los medicamentos como parte de un ensayo sobrevivieron a tasas de entre 66 % y 71 %, en comparación con el 30 % de los que no fueron vacunados y no recibieron medicamentos. El 90 % de los pacientes que recibieron tratamiento dentro de los primeros días de mostrar síntomas sobrevivieron. Estas terapias tienen el potencial de transformar el Ébola de una sentencia de muerte casi segura en una enfermedad complicada pero que puede ser superada.

El Congo se está viendo especialmente beneficiado. El país ha experimentado diez brotes de Ébola desde 1976, y sus autoridades sanitarias son expertas en identificar y aislar a los individuos infectados, rastrear y monitorear las redes de exposición, y controlar la propagación del virus. Sin embargo, como ha demostrado el brote actual en la provincia oriental de Kivu del Norte, ninguna medida de preparación médica puede superar las dificultades de combatir un brote en condiciones de inseguridad.

En los últimos 12 meses, más de 2.000 pacientes han muerto en el este del Congo, una región que ha sido sacudida por la inestabilidad continua durante las últimas dos décadas. Este brote de Ébola es el segundo más mortífero de la historia, eclipsado sólo por el que se cobró más de 11.000 vidas en África Occidental entre 2014 y 2016. Y el virus sigue propagándose: los profesionales del sector de la salud confirman que, de promedio, se detectan 81 nuevos casos cada semana, según los datos ofrecidos por la Organización Mundial de la Salud.

El Ministerio de Salud del Congo y la Organización Mundial de la Salud han liderado la respuesta internacional al brote, y sus medidas han demostrado ser cada vez más eficaces. Pero las nuevas terapias con medicamentos no pueden detener por sí solas esta o cualquier epidemia futura. La erradicación del Ébola en el Congo requerirá el fomento de la confianza pública entre los congoleños y el trabajo con las organizaciones comunitarias a fin de llegar a las poblaciones vulnerables y superar los problemas de gobernanza.

El Kivu Norte se encuentra en el extremo oriental del Congo, a lo largo de las fronteras con Uganda y Ruanda. La región fue el epicentro de dos grandes guerras que atrajeron a muchos de los vecinos del Congo a finales de la década de 1990 y principios del año 2000. Un acuerdo de paz de 2002 puso fin oficialmente a esos conflictos, pero no tuvo en cuenta las disputas locales sobre la tierra y los derechos de ciudadanía en la región, por lo que el Kivu sigue estando plagado de violencia. Según los investigadores de la Universidad de Nueva York, actualmente hay unos 130 grupos armados activos sólo en las provincias del Kivu Norte y Kivu Sur. El número y la naturaleza de estos grupos cambian constantemente, pero forman parte de una inseguridad que se mantiene presente desde que comenzaron las guerras en 1996.

El grupo llamado Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF) plantea un problema especialmente grande para las misiones de respuesta al Ébola. Activo en el territorio del Beni, en el Kivu Norte, que es el más afectado por el brote, las ADF aterrorizan a los civiles mediante asesinatos y saqueos. Junto con otros grupos armados como el Mai Mai Mazembe —una coalición de milicias en la región—, las ADF han convertido a Beni en uno de los lugares más violentos del Congo, donde se calcula que se producen el 31% de todos los asesinatos de civiles en la región.

La violencia ha limitado gravemente la respuesta a la enfermedad. Para contener una epidemia, el personal médico debe ser capaz de identificar rápidamente las infecciones, aislar a los pacientes en instalaciones médicas seguras y rastrear los contactos de los pacientes. Además, necesitan trasladar el equipo, los medicamentos y las vacunas a las áreas afectadas. Todas estas tareas se ven complicadas por los grupos armados, que mantienen bloqueos de carreteras para recoger sobornos, atacan las instalaciones médicas para saquear medicamentos y otros suministros, y secuestran a las personas que viajan a través de las zonas que controlan.

Al mismo tiempo, la inseguridad acelera la propagación de la enfermedad. Según el Centro de Vigilancia de los Desplazamientos Internos, un grupo con sede en Ginebra que realiza un seguimiento de las personas que huyen de sus hogares pero se quedan en su país, más de tres millones de congoleños se encuentran actualmente desplazados como consecuencia del conflicto. Otros 850.000 congoleños son refugiados en otros países africanos, según las Naciones Unidas. Todo este movimiento aumenta el riesgo de transmisión del Ébola, e incrementa la dificultad que encuentran los trabajadores a la hora de determinar quién puede haber estado en contacto con el virus. Si alguien infectado con el Ébola se encontrara entre los que huyen a través de las fronteras a campos de refugiados, o con familiares y amigos en ciudades lejanas, las autoridades sanitarias tendrían muchas dificultades para encontrarlos antes de exponer a otros a la enfermedad. Y debido a que los síntomas tardan hasta tres semanas en presentarse, una persona infectada con el virus sin saberlo podría fácilmente viajar, enfermar e infectar a otros. Este escenario se desarrolló en julio, cuando un religioso que había llevado a cabo servicios de curación en Butembo —una ciudad con muchos casos de Ébola— tomó un autobús a Goma, y luego enfermó. Las autoridades han monitoreado a sus compañeros pasajeros de autobús para prevenir la propagación de la enfermedad.

Fuente: Foreign Affairs

[Edición y traducción, Álvaro García López]

[Fundación Sur]

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