La nutrición, el hambre y la obesidad, en África y en el mundo.

La humanidad apenas consume el 1% del total que la naturaleza ofrece. Ocho plantas de cultivo (cebada, judías, cacahuete, maíz, patatas, arroz, trigo y sorgo) aportan el 53% del consumo medio de calorías. Estas plantas son los productos básicos que aseguran hoy la supervivencia de millones de personas. Hablamos de Europa alrededor del trigo, Asia sobre el arroz, América con el maíz y África con mijo.

Alimentarse es la necesidad más básica del ser humano. Por la mesa es desigual. Por un lado 2.000 millones de personas con sobrepeso, al otro 815 millones de personas sufren hambre, sobre todo en el hemisferio sur.

Los tres cereales básicos son el arroz, el maíz y el trigo. Más de 4.000 millones de personas viven de ellos.

La malnutrición engloba tanto la desnutrición, como el sobrepeso. Es necesario alimentarse y alimentarse bien. Necesitamos una dieta equilibrada para las personas y para el medio ambiente. Potenciar la dieta vegetariana sobre el consumo de carne, y equilibrar esa dieta con una vida sana de ejercicio.

Por otra parte los alimentos frescos no llegan ni al 10% del total de lo que se consume en supermercados de los países en desarrollo y es menos del 50% en países desarrollados.

La prosperidad está haciendo enfermar a muchas personas que se alimentan de galletas, helados y de alimentos ultra procesados. Una de cada tres personas en el mundo sufre de malnutrición, desde la desnutrición aguda y crónica hasta el sobrepeso y la obesidad.

¿Es la obesidad, la otra epidemia del siglo XXI?

En 2008 la población urbana del mundo superó a la rural por primera vez en la Historia, y se prevé que para 2030, el 60% vivirá en las ciudades.

Especialmente preocupante es, además del hambre por un lado, el sobrepeso y la vida sedentaria por el otro lado, particularmente en Latinoamérica, donde el 60% de los habitantes tienen sobrepeso. Comer lo más fresco posible es invertir en salud y medioambiente.

Hay 422 millones de adultos que tienen diabetes. Uno de cada 11 la padece. Al mismo tiempo, Japón es un modelo mundial de dieta saludable. Con solo un 4,3% de obesidad. Su cultura de alimentación saludable incluye muchas verduras, frutas y pescado. (Washoku, patrimonio de la Unesco). A mí también me sorprendió su alimentación muy natural y saludable.

La educación alimentaria y nutricional es necesaria para comer bien. Ser consciente de la cantidad de alientos que necesitamos en cada momento y comer con moderación (mindful eating).

Promover los alimentos naturales, frescos, con abundantes verduras y frutas. Los mercadillos con productos naturales, los huertos escolares y huertos urbanos, también pueden contribuir a mejorar las comidas.

Primero: los cereales integrales, 2º: verduras y frutas, 3º: magras, aves, pescados, huevos, legumbres, frutos secos, 4º: carnes rojas con moderación, 5º: por último: pasteles, helados, azucarados en poca cantidad. Junto con una alimentación sana, es necesario beber unos 6-8 vasos de agua al día, y caminar al menos una hora al día.

Tiramos a la basura, hasta el 30% de los alimentos que producimos, y esto significa un desperdicio de alimentos, de energía y de deterioro medioambiental. Al comer, cambiamos el mundo.

Valencia fue elegida Capital mundial de la Alimentación Sostenible en 2017 y acogerá el Centro mundial para la alimentación sostenible, con productos de proximidad, naturales y menos ultra procesados.

¿Qué alimentos se desperdician más? Un 30% de cereales, un 20% de lácteos, un 45% de raíces y tubérculos, un 35% de pescados, un 45% de frutas y hortalizas, un 20% de carne y 22% de legumbres.

Alimentarnos de comida sana, con los cinco sentidos, sin prisa y disfrutando de la compañía.

Cada año fallecen 3,4 millones de personas como consecuencia del sobrepeso o la obesidad.

Consumir pues productos ecológicos, saludables, variados, equilibrados, con suficiente agua y un ritmo de vida sana, a nivel físico, mental, emocional, familiar, social y espiritual.

La nutrición es parte de los ODS, para una vida digna, sana y solidaria, de toda la familia humana, en todos los continentes.

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Cuando lea esto, habrán muerto de hambre 60 personas


En su libro El hambre, Martín Caparrós denuncia un hallazgo espeluznante: cada menos de cuatro segundos muere una persona por inanición en el mundo. Ni más ni menos que nueve millones de seres humanos al año, una vez y media el holocausto nazi, todos los años. Es más, cuando usted termine de leer esta columna, se habrán muerto de hambre más de 60 personas. Una verdadera tragedia y a la vez una vergüenza para la humanidad.

Es paradójico, sin embargo, que aunque el problema del hambre no ha sido resuelto, como tampoco el de la desnutrición crónica, pese a ciertos avances al calor de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el sobrepeso y la obesidad irrumpen también como una epidemia a escala mundial. La fotografía del estado de nutrición en los países pobres es una madre con sobrepeso amamantando a un infante desnutrido.

La relación entre el hambre y la pobreza es evidente. Y, mientras alrededor del 60% al 70% de los alimentos en todo el mundo provienen de pequeños agricultores familiares, es precisamente en ese segmento poblacional en donde se concentra la pobreza rural y ese eufemismo denominado inseguridad alimentaria, que esconde la dura realidad del hambre.

¿Cómo es posible que en la era del conocimiento y de la comunicación, no se hayan resuelto estos problemas? La respuesta pasa por el reconocimiento de que el hambre y la malnutrición en general no son un problema cuya solución esté vinculada únicamente a las innovaciones tecnológicas, y menos si eso implica una intensificación de la agricultura con grandes cantidades de químicos, monocultivos, sin respetar la biodiversidad y los límites de la naturaleza.

La fotografía del estado de nutrición en los países pobres es una madre con sobrepeso amamantando a un infante desnutrido

Las innovaciones que se requieren para dar de comer a la población mundial actual y a las futuras generaciones pasan necesariamente por sistemas de producción agroecológicos, y más ahora que experimentamos los efectos del cambio climático, que se ceban con mayor rigor en la agricultura de los trópicos, donde se concentran las poblaciones más vulnerables a la pobreza y al hambre.

Pero el problema es más complejo, no basta con mejorar la productividad de los cultivos, la experiencia práctica indica que se requiere el desarrollo de mercados inclusivos tanto para productores como para consumidores, así como de acceso a financiamiento y a servicios de extensionismo, como de la inversión en infraestructuras de apoyo a la producción en los territorios rurales. Sin esa concurrencia de estrategias especialmente orientadas a la agricultura familiar, no se logrará alcanzar una provisión suficiente ni una distribución que permita compartir la oferta de alimentos de una manera más equilibrada.

Cada vez es mayor la evidencia y existe una creciente conciencia para un abordaje del problema del hambre desde una perspectiva de sistemas alimentarios sostenibles, que vayan desde la producción agrícola y transformación ecológica, pasando por esquemas de comercialización y distribución inclusivos, hasta el consumo responsable y el aprovechamiento de los residuos para bioenergías, lo que supone un nuevo tipo de vínculos urbano-rurales.

Hambre y pobreza van de la mano y, si no se invierte desde la política pública con ese sentido de integralidad, si no se comprende por parte de las sociedades y los gobiernos, por la cooperación internacional y las ONG, que se deben construir nuevos modelos de desarrollo sostenibles, que rompan con las prácticas de explotación al agricultor, de exacción de recursos del campo y de depredación de la naturaleza, ambos fenómenos verán sus indicadores estancados o agravados en los próximos años, con el consiguiente aumento de las tensiones y conflictos sociales y políticos.

Tales reflexiones fueron abordadas por los expertos, autoridades públicas y expresidentes que participaron en la cumbre mundial Hambre Cero, realizada en Cuenca, Ecuador (27-28 abril de 2018) y recogidas de manera propositiva en su declaración final. Desde la mirada de las regiones, porque sin un desarrollo sostenible a escala territorial y sin una articulación sinérgica de los esfuerzos entre la comunidad internacional y los Estados y entre los gobiernos centrales y los subnacionales será imposible alcanzar esas metas de los ODS.

La erradicación de la pobreza y el hambre cero van juntas y si no queremos que se queden como una consigna más, es estratégico el apoyo desde políticas públicas diferenciadas y con sentido de desarrollo territorial a la agricultura familiar. Es, además, un imperativo ético, pero también de supervivencia y para un desarrollo sostenible, construir sistemas alimentarios tan productivos como ecológicos, tan eficientes como solidarios en la distribución, con responsabilidades compartidas entre la comunidad internacional, los gobiernos nacionales y sus pares en los territorios.

La agricultura familiar necesita de las sociedades y de los gobiernos, pero la humanidad necesita de la agricultura familiar para vencer al hambre y a la pobreza de manera sostenible.

Ney Barrionuevo J. es ingeniero agrónomo (Instituto de Ciencias Agropecuarias de La Habana-Cuba), director de la oficina de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, en Ecuador

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Tras milenios de sequías, es hora de prepararse

Hay años con poca agua y otros sin ninguna. En Egipto —y en toda la cuenca del Nilo— la escasez ya marcaba la vida de sus habitantes hace cuatro milenios. Sudán, por ejemplo, ha vivido 16 sequías graves en los últimos 45 años. En Marruecos y Túnez, los troncos de los árboles sugieren que en los últimos siglos la escasez se repite cada dos décadas, y puede durar entre dos y cuatro temporadas. Siria las ha sufrido un año de cada dos, y los primeros registros datan de la época del emperador romano Claudio (46 d.C.). De hecho, la sequía de cuatro años que se inició en 2006 abonó el terreno para el largo conflicto que ha devastado el país.

Pero aunque llueva, en esta mega región, de Mauritania y el Sahel hasta la península arábiga, pasando por la costa mediterránea de África y hasta Turquía, siempre falta agua. Casi todos los países sufren escasez hídrica (menos de 1.000 metros cúbicos per cápita al año) y varios escasez aguda (menos de 500). De hecho, en la costa norte de África —de Marruecos a Egipto— la media es de solo 274 metros cúbicos anuales por persona. En los Emiratos, Arabia Saudí o Yemen, la media cae hasta 84. Tres cuartas partes del territorio son desérticas.

Por eso, un informe de la FAO (agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura), lamenta que los esfuerzos se centren todavía en recuperarse de la sequía en lugar de en ser menos vulnerables cuando esta llega. En Argelia, por ejemplo, no hay agencia ni organización dedicada a predecir la escasez, y en cambio sí hay otras para prepararse frente inundaciones o terremotos. En Irak, 12 de las 18 provincias no tienen ningún plan de prevención. “Anticiparse es mucho más barato que reaccionar”, en palabras de Eduardo Mansur, directivo de la agencia. Y ya no es necesario ir a controlar el nilómetro de la isla Elefantina. “Hoy hay herramientas agrometeorológicas para predecir los problemas”, señala Mansur.

Porque la mayoría de las veces, explican los autores, solo hay mecanismos a posteriori, como los subsidios para sistemas de irrigación y la excavación de pozos o el reparto directo de agua. Pero esto último, advierten, pueden dar lugar a otros problemas: distribuir agua en ciertos lugares puede hacer que los pastores nómadas cambien sus rutas y se junten en los mismos sitios, acabando con los pastos de la zona. Además de hacerlos dependientes de la ayuda.

Falta preparación: en Argelia no hay ninguna agencia para prevenir la sequía y en Irak, solo seis de las 18 provincias tienen planes de acción contra la falta de agua

La falta de oro azul en esta parte del mundo contrasta con la presencia de oro negro. La mayoría de estos estados son ricos en petróleo, que es el principal combustible de sus economías. Pero, advierten los autores, la agricultura y la ganadería (que se llevan hasta nueve de cada 10 litros) también suponen una parte importante de su PIB y en muchos casos son vitales para mantener la capacidad de alimentar a su población.

En Marruecos, la agricultura es el 15% del PIB y el 23% de las exportaciones, y emplea a la mitad de la población activa. Un mal año de lluvias (el 90% del suelo agrícola depende de las precipitaciones) puede hacer caer el PIB nacional hasta un 8%, como sucedió en 1994. En Egipto, donde la irrigación es “la única opción realista” para cultivar alimentos a gran escala, el 55% de la gente vive de cultivar alimentos.

Por eso hace falta buscar soluciones. En la península arábiga, por ejemplo, están apostando por la desalinización y la reutilización de aguas residuales. “Prepararse para la sequía no es solo almacenar agua para cuando llegue”, advierte Mansur. “Es, por ejemplo, cultivar especies que resistan la escasez”. También, señala el documento, hay métodos para mantener la humedad en los suelos y minimizar el impacto. Reservar pedazos de tierra para plantar árboles o arbustos puede servir también para amortiguar la falta de agua.

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Más de 400 medicamentos cancerígenos se venden en Senegal


"Hoy en día, hay más de 400 medicamentos cuya venta en Europa y Estados Unidos está prohibida porque datos científicos han demostrado que estos medicamentos contienen parabenos (carcinógenos) están a la venta en nuestras farmacias ", alertó en la ciudad de Fatick, el presidente de Prometra International, Eric Gbodoussou en el marco de un panel sobre el tema de los medicamentos tradicionales y la medicina herbal.

Para el Sr. Gbodoussou, África siempre ha sido considerada como la basura del mundo, al menos de Occidente. Según él, Francia vive de las drogas y de los medicamentos. Es obvio que los medicamentos para África no son los mismos medicamentos que para Europa.

"Si las medicinas que llegan a África sanaran, es obvio que ya no ganarán dinero. Si esperas que sean los franceses quienes encuentren soluciones para la malaria, te estás riendo. Porque si no hay más malaria, ya no harán más negocios. Tenemos que ser claros" , declaró el Dr. Gbodoussou.

Una declaración que las autoridades sanitarias rechazan en bloque.

"¡Imposible! Porque, Senegal tiene un sistema de farmacovigilancia ", exclamó el Director de Farmacia y Medicina, Dr. Amadou Mokhtar Dièye, entrevistado por la Rfm y le pide a Eric Gbodoussou que brinde pruebas de lo que está diciendo

Fuente:Senegal Infos

[Fundación Sur]


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¿Y si las agresiones sexuales se frenaran con una bicicleta?

A Anastasia Chikoti le quedaba demasiado lejos la escuela de Mwitikira. A una hora y media de distancia. Demasiado tiempo para desear no volver nunca y para que alguien la agrediese por el camino. En Tanzania, el 11% de las niñas de entre 15 y 19 años han sido forzadas sexualmente. Desde que hace un año le entregaron una bicicleta, a Anastasia el futuro ya no le queda tan lejos. “Quiero estudiar. O ser soldado”. Ya no piensa en dejar el colegio. Cada vez menos en que alguien la pueda violar.

“Nuestro principal objetivo es evitar el abandono escolar, especialmente entre las jóvenes que tienen que recorrer largas distancias para asistir a clase cada día; la mayoría de ellas acaba por no volver”, relata Eileen Mwalongo, una de las responsables de Msichana Initiative. “Pero nos dimos cuenta de que ese proyecto podía ayudar también en la lucha contra la violencia sexual: las niñas aquí siguen siendo muy vulnerables a las violaciones”.

La idea es sencilla: poner a disposición de las alumnas que residen más lejos una bicicleta con la que desplazarse. Desde el pasado diciembre cuentan con diez unidades. Aún es pronto para que los resultados se traduzcan en estadísticas de menor abandono escolar, pero los indicadores cualitativos son esperanzadores: “El programa les está ayudando mucho. Tienen más energía para atender a las clases”, asegura el profesor Mkumbo, jefe de estudios de Mwitikira.

El 11% de las niñas de entre 15 y 19 años en Tanzania han sido forzadas sexualmente, según Unicef

“Yo me siento mejor, tengo más fuerza”, corrobora Jema. Su aldea, un pequeño poblado de labradores en plena llanura de Dodoma, está a algo más de cuatro kilómetros de la escuela. “Antes tardaba mucho tiempo en llegar, más de un hora, ahora apenas 15 minutos”. La carretera sigue siendo pedregosa, polvorienta en verano y resbaladiza cuando alivia la lluvia, pero los kilómetros avanzan siempre veloces sobre dos ruedas. “Me siento cómoda con la bicicleta, me ayuda mucho. Antes tenía que levantarme muy pronto y venir caminando, por lo que después estaba muy cansada para atender”. En las últimas semanas, sus calificaciones están mejorando. “Lleva mejor los estudios”, es ahora el profesor Mkumbo quien corrobora. Jema sonríe mientras lo escucha. Mientras tenga su nuevo medio de transporte podrá seguir soñando con ser enfermera. Quién sabe, quizá incluso doctora.

El transporte, la nueva barrera contra la educación

En Tanzania, apenas el 52% de los adolescentes accede a la educación secundaria —más de 1,5 millones de jóvenes fuera del sistema educativo— y buena parte de los que lo hacen no completan sus estudios: en el caso de las mujeres, según las cifras del Banco Mundial, menos de un tercio de las matriculadas obtienen el título de secundaria.

Hasta hace tres años, los costes económicos, alrededor de 100.000 chelines tanzanos anuales (unos 36 euros), eran esgrimidos como principal freno. Tras la llegada al poder del controvertido John Magufuli, el Gobierno ha extendido la gratuidad a todos los cursos de educación básica. “Cuando digo gratuita, quiero decir completamente gratuita”, declaró el mandatario en alusión a las tasas o contribuciones parentales habituales en el país para hacer frente a reparaciones en la escuela, compra de libros o hasta el pago de salarios a los profesores y que suponen un gasto extra de 20.000 chelines (algo más de siete euros) por alumno.

Desde que cuenta con la bicicleta, Jema recorre los cuatro kilómetros que separan su aldea de la escuela en apenas 15 minutos dos veces al día.


Desde que cuenta con la bicicleta, Jema recorre los cuatro kilómetros que separan su aldea de la escuela en apenas 15 minutos dos veces al día.

A principios de 2016, el ministerio de Educación envió una carta a los centros escolares instándolos a no cobrar más esas tasas, al tiempo que se comprometió a aumentar la inversión en educación —actualmente supone el 22% del presupuesto nacional— para que, en un cumplimiento de su agenda de desarrollo, la totalidad del sistema educativo sea gratuito en 2030.

Lo que no aborda el ideario marcado por Magufuli es el problema del transporte, una de las barreras que sigue alejando a muchos estudiantes de la escuela. Con distancias por encima de los diez kilómetros a recorrer a pie, a muchos alumnos les resulta muy difícil llegar, y cuando lo hacen es a menudo tarde, lo que conlleva reprimendas e incluso castigos físicos: según el African Child Policy Forum, el 78% de las chicas y el 67% de los chicos han sido golpeados o pateados en más de cinco ocasiones por sus profesores. Esto hace que opten por quedarse en hostales o pensiones próximas, lo que dispara el coste para las familias, muchas de ellas con ingresos inferiores al dólar diario. A la postre, esto se convierte en una razón más para justificar el abandono escolar.

“Los retrasos frecuentes terminan convirtiéndose en castigos por parte de los maestros. En mi opinión, otra medida que puede ayudar a reducir el abandono entre las jóvenes es la construcción de albergues donde puedan comer y tener acceso a los recursos necesarios”, subraya Eileen Mwalongo. En la escuela de Mwitikira están comprometidos con esta forma distinta de hacer las cosas. Aquí, a las 10.35 y a las 14.00 se detienen las clases para comer. Porridge —papilla de avena— o frijoles. La mayor dificultad, señala el jefe de estudios, está en el agua: “Esta zona está muy afectada por la sequía y tenemos que recorrer medio kilómetro para aprovisionarnos de la necesaria para cocinar”.

Menos de un tercio de las jóvenes que se matriculan en secundaria completan su formación según el Banco Mundial

Son conscientes de que una buena alimentación y un transporte adecuado son las claves para afrontar el tercer reto al que se enfrenta la educación en Tanzania: su baja calidad. En el país, que ocupa el puesto 159 de 187 en el índice educativo de la ONU, los estudiantes de cuarto curso no son capaces de comprender un párrafo completo.

Para el profesor Mkumbo, la falta de materiales adaptados a la educación infantil, el estado de las instalaciones —muchas sin luz— y el cansancio con el que muchos alumnos acuden a clase están detrás de estos malos resultados académicos. “Desde que no tienen que caminar esas largas distancias su rendimiento escolar es muy superior. Y esto ayuda a que haya menos abandonos”, glosa el responsable de estudios de Mwitikira. “Yo antes estaba siempre agotada”, insiste Anastasia. Ahora, aunque se canse quiere seguir estudiando.

Contra la violencia sexual

Las bicicletas de Veice, de Beatrice, de Elizabeth, de Jema, de otra Elizabeth, de Joyce, de Judith, de una tercera Elizabeth, de Ezeleda y de Anastasia se refugian del sol violento de estas latitudes bajo la sombra del árbol más cercano a la clase. Durante el curso, están siempre a disposición de estas diez alumnas, las que más lejos viven de la escuela. Para ir al médico. A comprar el fin de semana. Para venir a la escuela. “También les ayuda para evitar las agresiones sexuales. Las protege de los hooligans”, subraya el profesor Mkumbo.

En un país donde el 30% de las jóvenes ya ha sufrido algún tipo de agresión al cumplir los 18 años, contar con una bicicleta puede marcar la diferencia. “Hace que nos sintamos más seguras”, dice Anastasia, la más fuerte de sus compañeras, la que toma siempre la palabra. Sin agresiones, las niñas pueden seguir siendo niñas por más tiempo poniendo freno a un modelo que lleva a que el 5% de ellas se casen antes de los 15 y un 31% antes de los 18.

Las diez alumnas becadas pueden disponer de la bicicleta durante todo el curso

“El matrimonio infantil tiene un impacto directo en la educación de las niñas: el 97% de las jóvenes casadas en edad de educación secundaria están fuera de la escuela, frente al 50% de las que no están casadas”, señala un informe de Human Rights Watch. No solo son sus propias familias quienes las obligan a dejar los estudios; el propio Gobierno mantiene una polémica normativa para expulsar a las jóvenes casadas o embarazadas, lo que en un entorno donde una de cada cuatro jóvenes de entre 15 y 19 años es madre supone sacar a miles de alumnas del sistema educativo cada año.

El reto, prosigue Eileen Mwalongo, es transformar el trato como “personas de segunda categoría que reciben las adolescentes en muchas sociedades africanas”, “negándoles sus derechos básicos a la educación” y conduciéndolas hacia un matrimonio en régimen de dependencia económica. Una simple bicicleta puede servir para empezar a cambiarlo todo.

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El derecho a la salud y las enfermedades tropicales desatendidas

Sin lugar a duda, la salud es nuestro bien más preciado. Desde 1946, el derecho a la salud constituye un derecho fundamental de todos los seres humanos. Según afirma la Constitución de la Organización Mundial de la Salud, “el goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano”.

El derecho a la salud obliga al Estado a garantizar a sus ciudadanos a acceder a servicios de cuidado médico. El derecho a la salud no solo incluye el acceso asequible y de mejor calidad posible, sino que también está estrechamente ligado a otros derechos humanos fundamentales, como al derecho al agua potable, al saneamiento adecuado y al derecho a la alimentación.

A pesar de que estos derechos que se consideren fundamentales, en realidad existen 100 millones de personas en el mundo que viven en extrema pobreza y que no tienen acceso al agua. Esto implica que una parte importante de la población mundial no pueda permitirse una higiene mínima, un saneamiento adecuado ni una vivienda digna. De esta forma, estas sociedades marginadas suelen ser muy vulnerables a problemas sanitarios crónicos.

Por ejemplo, millones de personas en el mundo sufren enfermedades tropicales desatendidas como la úlcera de Buruli, el pian, la lepra o la filariasis linfática. Estas enfermedades olvidadas afectan en la gran mayoría a niñas y niños y su desarrollo se ve gravemente afectado. Si no se tratan a tiempo estas enfermedades, pueden provocar lesiones graves de por vida. En cambio, la mayoría de las personas que sufren estas enfermedades no tienen acceso a un tratamiento y muchas veces ni siquiera sabe que está enferma.

Enfermedades desatendidas en niñas y niños

Como decía Schopenhauer, “la salud no lo es todo, pero sin ella todo lo demás es nada”. Sin lugar a duda, la salud es una de esas cosas a las que no solemos darle la importancia que se merece hasta que la perdemos. Todas las personas independientemente de su raza, sexo, edad u otra condición se merecen tener acceso a la salud. Es por eso que debemos luchar contra la desigualdad y la discriminación y trabajar por el derecho a la salud de las personas más olvidadas.

¿Qué es el hambre?


El hambre. No comer lo suficiente. Malestar, debilidad, enfermedades, muerte.

El hambre es una condena, una amenaza que acompaña a la humanidad desde su aparición en el planeta. Con el paso de los siglos, se ha pisado la Luna, se han conquistado los cielos, se han explorado las profundidades del océano, se han erradicado enfermedades y se ha conseguido producir enormes cantidades de alimentos. Pero el hambre sigue ahí, como una terrible y vergonzante realidad que afecta a 815 millones de personas.

Condena a millones de personas, generación tras generación, a vivir vidas peores, a depender de otros, a enfermar, a morir. A permanecer esclavos de esa cadena de hambre y pobreza que se perpetúa. Y es vergonzoso, porque el hambre ya no es un problema técnico, si es que alguna vez lo fue. No falta comida, ni capacidad para producirla y conseguirla. Falta voluntad para que todos puedan comer.

En el año 2000, aprovechando lo redondo de la fecha, los países reunidos en las Naciones Unidas decidieron marcarse unos objetivos para tener un mundo mejor en un plazo de 15 años. Los llamados Objetivos del Milenio proponían, entre otras cosas, reducir a la mitad –por entonces todavía no se hablaba de eliminarla– el porcentaje de hambrientos que había diez años antes, en 1990.

Aunque se consiguió un gran avance (del 23,3% se pasó al 12,9%) y en 2015 aún había en el mundo 780 millones de personas que no comían lo suficiente para una vida plena. Para una vida digna.

En los albores del siglo XXI, mientras se redactaban esos Objetivos –considerados por muchos temerariamente ambiciosos–, 12 de cada 100 brasileños pasaban hambre. Pero en el país, rico en recursos naturales y con un enorme potencial agrícola, se adquirió el compromiso político de ir mucho más allá de recortar el hambre a la mitad: el objetivo nacional era erradicarla por completo. Y en apenas una década, Brasil pasó a la lista oficial de países libres de esta lacra. Alcanzó el “hambre cero”.

Una familia come en Gafati (Níger).
Una familia come en Gafati (Níger). ©FAO/Andrew Esiebo

¿Fue porque Brasil tenía unas características geográficas y territoriales concretas, sin las que el objetivo no podría haberse alcanzado? ¿o tiene más que ver la verdadera ambición y voluntad política?

Después de que los Objetivos del Milenio se quedaran a un paso de triunfar en lo que al hambre se refiere, el nuevo plan para cambiar el mundo –los Objetivos de Desarrollo Sostenible o Agenda 2030– también aspira al hambre cero. ¿Es realmente posible conseguirlo? ¿qué obstáculos se interponen en el camino a la meta? ¿qué podemos aprender de lo ya conseguido? ¿será nuestra generación la primera de la historia en conocer un mundo sin hambre? A lo largo de este libro se analizan todas estas preguntas.

Y adelantamos parte de la respuesta. Alcanzar el hambre cero, hoy, es perfectamente posible. Lo que hay que decidir es si estamos dispuestos a hacerlo.

Definir el problema

El primer paso para solucionar un problema es conocerlo. Definirlo, medirlo, explorar sus causas y sus consecuencias. Y eso es lo primero que haremos en este capítulo. Definir qué es el hambre, una palabra que significa muchas cosas al mismo tiempo y ninguna buena. Pero con alguna de esas acepciones no podemos –ni probablemente queramos– acabar. Así que aclaremos primero cuál es el verdadero rival a batir.

A diferencia de otras especies animales que pueden llegar a pasar meses sin ingerir alimento, nutriéndose de las reservas de sus últimas comidas, el ser humano necesita comer regularmente. Esa es una de las acepciones de la palabra “hambre”, ese recordatorio permanente de que necesitamos comida que nos llega cada cuatro, seis, ocho, diez horas.

Llamamos hambre a esas ganas de zamparse el bocadillo tras una jornada en la montaña, o al cosquilleo en el estómago al sentarse a la mesa para cenar. Con esas seis letras nos referimos a esas “ganas de comer” que nos asaltan varias veces al día.


Pero en el hambre también hay clases. Y tamaños. No es la misma hambre la del que sabe que en la mochila lleva un bocadillo de tortilla y dos plátanos, o la del que no duda de que en casa le espera una comida caliente de tres platos, que la del que sabe que esa noche tendrá queirse a la cama con el agujero en el estómago. Ni la del que apenas comió ayer, no ha comido hoy, ni comerá mañana.

Hay hambrecitas y hambres eternas. Por eso llamamos hambre a las ganas de comer, pero eso es únicamente un amago de la verdadera hambre. Es solo el recordatorio fisiológico del que hablábamos. Quizá deberíamos forzarnos a usar otra palabra para referirnos a él. Por ejemplo, apetito. Tener apetito no es lo mismo que tener hambre.

Medir el hambre

Entonces, ¿qué es el hambre? ¿cómo la identificamos y medimos para acabar con ella? ¿cuándo pasa uno a engrosar la dramática lista de “hambrientos”? La importancia de establecer el concepto es capital, ya que condiciona todo lo demás.

Veámoslo con otra pregunta: ¿qué es un muerto en accidente de tráfico? ¿solo cuentan los que mueren en el acto? ¿o también los que fallecen en el hospital, un día después? ¿cuentan también los peatones atropellados? ¿los fallecidos mientras iban en bicicleta? ¿y los accidentados en pistas de la montaña?

La dimensión del problema dependerá de la definición que adoptemos. Entonces, ¿qué es un hambriento a día de hoy? La definición oficial, la establecida y medida por la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), es que están subalimentados las personas que no consumen las calorías suficientes para su actividad diaria, que obviamente no son las mismas para un niño, que para una mujer adulta o un anciano.

Los expertos de la FAO calculan esas necesidades calóricas y la disponibilidad de alimentos con ayuda de los datos que aportan los países. De quienes no llegan a ese mínimo de calorías, se dice que son personas subalimentadas, que es el término técnico para decir lo que son realmente: hambrientos. Y hoy hay todavía alrededor de 815 millones de personas subalimentadas.

Las consecuencias del hambre

La falta de energía por la poca ingesta de alimentos hace que los hambrientos se debiliten. Los hace más vulnerables a contraer enfermedades, agota antes sus fuerzas y les dificulta la realización de muchas actividades físicas o mentales. Esa subalimentación es una condena a vivir una vida peor. Una sentencia que se vuelve aún más terrible en el caso de los niños menores de cinco años.

Porque cuando una persona está en plena fase de desarrollo –especialmente en los primeros mil días de vida– una buena alimentación es esencial para sentar las bases de su futuro. Solo así el cuerpo y la mente del individuo lograrán alcanzar su verdadero potencial. Pasar hambre en esos primeros años –o ser hijo de una madre hambrienta– coartará para siempre el desarrollo del menor sentenciándole, con mucha probabilidad, a vivir una vida la mitad –o dos tercios o una cuarta parte– de buena de lo que podría haber sido. Limitará su crecimiento físico y el desarrollo cerebral y esas limitaciones ya no se podrán superar.


Pasar hambre después, a medida que se crece, hará que el niño o la joven no puedan rendir en la escuela ni estudiar ni aprender al nivel al que lo podrían haber hecho con el estómago lleno. El hambre no permite concentrarse, dificulta la retención, debilita la memoria. Y esa dificultad para estudiar lastrará su futuro, recortará sus medios para ganarse la vida. Es el círculo perverso del hambre y la pobreza, que no solo encadena a quienes la sufren, sino también a las siguientes generaciones.

La hambruna

En los casos más extremos, además de abrir la puerta a enfermedades y problemas físicos de todo tipo, la falta de alimento puede llevar directamente a la muerte. Las personas se debilitan tanto que fallecen. Cuando en un mismo lugar se empiezan a registrar varias muertes por inanición, las agencias internacionales dan una señal de alarma y recurren a esa palabra que nadie quiere oír: hambruna.

Ese término que evoca niños raquíticos en Etiopía, familias famélicas comiendo cualquier cosa para intentar llegar vivos al día siguiente, el fracaso absoluto de la humanidad. Una situación que, en lo más profundo de la conciencia humana, ha sido –casi– siempre inaceptable. Pero hoy lo es aún más, sabiendo que se desperdician más de 1.300 millones de toneladas de comida cada año.

Para –todavía– mayor vergüenza de la comunidad humana en esta era global, la hambruna no es una leyenda del pasado. A principios de 2017 se declaró en Sudán del Sur. Este país y otros como Nigeria, Yemen, Somalia o la República Centroafricana llevan meses o años a un paso de declararla. Y hace poco más de un lustro, en 2011, más de 250.000 personas murieron por inanición en Somalia.

Una anciana en un campo de desplazados por la sequía en Uusgure (Somalia).
Una anciana en un campo de desplazados por la sequía en Uusgure (Somalia). ©FAO/Karel Prinsloo

El hambre, además de estropear millones devidas y encadenar a cientos de millones de personas, aún mata por sí sola. Y mucho.a inseguridad alimentaria Pero, como decíamos, no solo mata. El hambre es inhumana porque le quita al hombre lo que es más suyo. Lo que le hace realmente humano. El hambre deshumaniza al hombre cuando, además de su salud, su crecimiento o su potencial desarrollo, le arrebata sus sueños, como bien ilustra el escritor argentino Martín Caparrós en su ensayo El hambre.

Cuando una persona no sabe si al día siguiente tendrá algo para comer –ni ha comido apenas en todo el día– no puede concentrarse en nada que no sea buscar alimento. Eludirla es la primera preocupación, el primer –casi siempre el único– problema por resolver, tanto por el explorador que llega a territorio desconocido como por la familia que se instala en su nuevo hogar.

Un hambriento a duras penas puede trabajar, salvo que crea que eso le pueda servir para conseguir algo de comer. Y aun así trabaja mal, porque está débil y el hambre no le deja pensar con claridad. No puede leer, estudiar, reflexionar. Por descontado, no puede jugar con sus hijos, ni estar con sus amigos, ni disfrutar del atardecer. El hambre le agota física y mentalmente, le enfada, no le deja descansar. Su horizonte mental solo llega hasta el día siguiente, hasta la siguiente comida. No hay tiempo, ni energías, para pensar en nada más. Ni para soñar con nada que no sea un bocado que apacigüe su hambre, o la de los seres queridos.

Cuando alguien está poseído por esa necesidad imperiosa, por la falta de seguridad de si podrá comer o no, está tocando a la puerta del ciclo perverso del hambre. Si la situación se extiende en el tiempo, se verá atrapado por la espiral. Es lo que se llama –otro concepto técnico– inseguridad alimentaria. Cuando uno no sabe cuándo podrá conseguir de nuevo una comida que realmente satisfaga sus necesidades. O simplemente, no sabe si podrá obtenerla.

Es cuando uno no encuentra la manera de conseguir alimento suficient y necesita que otros –vecinos, gobiernos, agencias, ONG, etc.– le asistan porque si no, le será imposible comer.

Cuando las ataduras del hambre, cuando esa inseguridad alimentaria se extiende a una comunidad, a un grupo, a un país, los efectos perversos de la necesidad se multiplican. Las sociedades se vuelven acríticas, dóciles y encuentran dificultades enormes para desarrollarse y crecer. Y también se vuelven dependientes. Dependientes de esa ayuda que otros les darán o no, en función de si pueden. O de si quieren.


El papa Francisco, en su discurso en la FAO en octubre de 2017, decía que esa “piedad” de ayudar a quienes tienen hambre por una emergencia no era suficiente. Que era necesaria la justicia: “un orden social justo” para contribuir a que cada país llegue a una autosuficiencia alimentaria, “pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa”. En definitiva, no convertir a las personas o comunidades hambrientas en mendigos de las sobras de otros, sino posibilitar que puedan romper por sí mismos las cadenas de la inseguridad alimentaria y el hambre.

Porque, repetimos, hoy hay alimentos suficientes pero también, y sobre todo, conocimientos y tecnología disponibles para que lleguen a todos los rincones del mundo. Y que todas las personas puedan comer lo que necesitan. Todos los días.

Es absolutamente posible acabar con el hambre y convertir a esta generación en la primera que libere realmente a la humanidad de ese yugo tan inhumano, tan cotidiano. Hoy tenemos todas las herramientas necesarias para convertirnos en la generación que realmente acabe con esta brutal inhumanidad. Para erigirnos en la generación Hambre Cero. ¿Estamos dispuestos a conseguirlo? Veamos entonces cuáles son los obstáculos en el camino.

* Esta es una adaptación del noveno libro de la colección El estado del planeta, editada por EL PAÍS y la FAO, que analiza los principales retos a los que se enfrenta la humanidad. Cada domingo se entrega un volumen con el periódico por 1,95€, y los 11 tomos también se pueden conseguir aquí.

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Crisis del agua en Sudáfrica: levantado el estado de desastre natural


Sudáfrica levantó el miércoles 13 de junio el estado de desastre natural decretado a mediados de febrero debido a la sequía histórica que sacudió la región de Ciudad del Cabo, la segunda ciudad más grande del país.

"Decidí no renovar el estado de desastre natural, que expiraba el 13 de junio de 2018", declaró el ministro de Asuntos Tradicionales Zweli Mkhize.

"La fase aguda de la sequía en las provincias de Western Cape (suroeste), Eastern Cape (sureste), Northern Cape (noroeste) y otras pequeñas bolsas del país está llegando a su fin ", dijo el ministerio en un comunicado.

A mediados de febrero, se declaró el estado de desastre natural en todo el país, mientras que Ciudad del Cabo fue amenazada con una interrupción en el suministro de agua potable.

A costa de una drástica reducción en el consumo, la segunda mega ciudad de Sudáfrica logró evitar por poco el temido "día cero, donde la ciudad se quedaría sin agua en los grifos.

En las últimas semanas, la región del Cabo se ha beneficiado de fuertes lluvias estacionales.

En este momento el año pasado, el nivel del agua en las presas era del 21,2% y el consumo de agua de 615 millones de litros por día", afirmaron fuentes municipales.

Actualmente, el nivel de las presas es del 31.8% y el consumo diario de agua de 532 millones de litros de agua, agregó, sin embargo se sigue, llamando a la población a continuar sus esfuerzos "dada la incertidumbre de las precipitaciones.

El objetivo es limitar el consumo diario de agua en la región del Cabo a 450 millones de litros diarios.

"Tenemos que asegurarnos de cumplir con nuestras metas y restricciones", es decir, un consumo diario por persona de 50 litros, insistió el municipio.

Fuente:Slate Afrique

[Fundación Sur]


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Diez ideas sobre el hambre

Con motivo del lanzamiento del noveno libro de la colección El estado del planeta, editada por EL PAÍS y la FAO, el director general de la organización, José Graziano da Silva, analiza en esta entrevista las causas, consecuencias y soluciones para el hambre. La charla nos deja 10 ideas sobre el problema:

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En busca del escondrijo del ébola

Cuando, a finales de abril de 2016, el último paciente de ébola de la epidemia de África occidental –un niño de dos años– salió de la unidad de tratamiento de Monrovia, en Libera, se respiraba una cierta esperanza cautelosa. Las últimas brasas de la plaga se estaban extinguiendo y había motivos para celebrar. Aun así, perduraba el miedo impotente a lo oculto. El ébola seguía acechando en alguna parte. No sabíamos dónde se escondía ni cuándo iba a volver.

Ahora ha resurgido en la República Democrática del Congo. El virus hizo su aparición en la zona rural del noroeste del país antes de propagarse a Mbandaka, una ciudad de casi 350.000 habitantes. Se cierne el peligro de una nueva epidemia.

El ébola es una enfermedad zoonótica, lo que significa que se puede transmitir de los animales a los seres humanos, a los que ataca de manera fulminante y virulenta. Debido a su implacable naturaleza, a menudo las personas somos el último eslabón de la cadena del virus. Un huésped que enferma de gravedad en un plazo demasiado breve y muere demasiado rápidamente, como es el caso de los humanos, acaba con la capacidad del microbio de pasar a un nuevo organismo. Para seguir siendo una amenaza, este necesita una guarida en la que cobijarse.

Los huéspedes de larga duración en los que el patógeno encuentra su plácido refugio se conocen como especie reservorio. Mientras que las especies reservorio ofrecen al ébola una morada segura, los seres humanos somos su retiro de lujo, un lugar en el que pasar sus últimos días a lo grande. El problema es que desconocemos dónde se encuentra esa morada. Si queremos estar alerta ante la reaparición del ébola, tenemos que descubrirla.

Por el momento, la búsqueda se ha centrado en las zonas boscosas de África, que albergan múltiples reservorios posibles. Tradicionalmente, las sospechas de culpabilidad han recaído sobre todo en los murciélagos, dado su solapamiento geográfico con los seres humanos y el hecho de que pueden portar la enfermedad sin presentar síntomas. A partir de los análisis de una amplia variedad de pequeños mamíferos, murciélagos, primates, insectos y anfibios, diversas especies de murciélagos frugívoros han resultado posibles candidatas.

Un estudio de 2005 publicado en Nature y dirigido por Eric Leroy realizó pruebas a más de 1.000 pequeños vertebrados de África central y halló evidencias de infección asintomática por ébola en tres especies de murciélagos frugívoros, lo cual lo llevó a pensar que tal vez estos animales –que a veces se cazan para consumir su carne– fuesen el reservorio del virus. Junto con el artículo se publicó un resumen del editor con este sucinto título: “El virus del ébola: no coman murciélagos”.

Pero no todo el mundo está convencido de que haya que echar la culpa a estos quirópteros. Algunos investigadores, como Fabian Leendertz, del Instituto Robert Koch de Berlín, trabajan con pruebas circunstanciales que apuntan al murciélago insectívoro Mops condylurus.

Uno de los próximos pasos de la cartografía es introducir datos procedentes de nuevos brotes a fin de definir con exactitud qué clase de interacción entre seres humanos y animales favorece la transmisión

En la epidemia de ébola de 2014, la pista del primer caso de la enfermedad –o “caso índice”– condujo a un niño de dos años de Guinea que, al parecer, había estado en la oquedad del tronco de un árbol de cola cercano a su casa antes de caer enfermo. El árbol era un conocido nido de esta clase de murciélagos y un lugar de juego muy frecuentado por los habitantes de la vecindad. El niño murió en diciembre de 2013. En marzo, las autoridades alertaban a la población del brote incipiente. Sin embargo, cuando los investigadores llegaron en abril para examinar el árbol y su fauna, ya lo habían quemado.

También hay especialistas que orientan su búsqueda en otra dirección, ya que no acaban de creerse que los murciélagos sean los culpables. El virólogo Jens Kuhn, del Instituto de Alergia y Enfermedades Infeccionas de Estados Unidos en Fort Detrick, en el estado de Maryland, declaró a Nature que, en su opinión, los murciélagos viven demasiado cerca de los humanos. Si fuesen el reservorio, sería extraño que se hubiesen producido tan pocos brotes de ébola desde que se descubrió el virus hace 40 años.

El investigador cree más bien en otras dos posibilidades: los insectos o los hongos. Como explicó a National Geographic en 2015, su hipótesis es que el virus del ébola se descubrirá en un “huésped extraño”, y que tal vez se esconda en una garrapata o una pulga que pica intermitentemente a los murciélagos, de manera que el traspaso del virus de la fauna salvaje a las comunidades humanas solo se produce de vez en cuando.

No obstante, en general se considera que los murciélagos son la hipótesis más probable, a pesar de que muchas de las pruebas para incriminarlos son circunstanciales.

El hecho de que ciertas especies de murciélagos puedan ser portadoras del ébola es importante. Un cribado realizado en 1996, durante el cual los investigadores inyectaron virus vivos a 24 especies vegetales y 19 animales –como palomas, cucarachas, pequeños mamíferos y lagartijas–, descubrió que los murciélagos podían dar positivo por ébola durante al menos 12 días. Ningún ejemplar murió víctima del virus, y ninguna otra especie demostró ser un huésped tan eficaz.

Esta capacidad de portar el patógeno refuerza la idea de que los murciélagos podrían ser el escondrijo del ébola. Sin embargo, a falta de otras pruebas, no podemos asegurarlo.

La causa de que necesitemos estar seguros de ellos tiene que ver con la predicción y la prevención. Si conocemos la especie reservorio y su hábitat, podremos destinar recursos a las zonas de riesgo, ayudar a las comunidades locales a prepararse mejor, y acabar con la posible exposición al virus educando a las personas que puedan aventurarse en su territorio.

Y aquí es donde entra en juego la cartografía del “nicho zoonótico”.

Estos mapas son una manera de buscar patrones allí donde el ébola sale del bosque y se introduce en las casas que lo bordean. Tales situaciones se conocen con el nombre de “desbordamientos”. Si estudiamos los episodios de desbordamiento del ébola, podremos predecir mejor en qué lugares puede aparecer en el futuro.

Diversos investigadores, entre ellos el epidemiólogo espacial David Pigott, han combinado los valores de una serie de variables ecológicas, como la vegetación, la altitud y la presencia de la supuesta especie reservorio, con las coordenadas geoespaciales exactas de los casos índice para crear un algoritmo que determine qué comunidades pueden estar en peligro.

“Queríamos saber qué otros lugares de África podían encontrarse en la misma situación que Guinea en 2013 y principios de 2014”, explica Pigott, autor principal del mapa del nicho zoonótico del ébola en África. Entonces los médicos se encontraban con casos de infección por ébola, pero no los diagnosticaban correctamente “porque nadie pensaba que la enfermedad pudiese estar en circulación en esa zona”.

En este caso, la aparición del ébola en la República Democrática del Congo no ha cogido por sorpresa “Es una zona en la que suponíamos que podía producirse un brote”, declara Pigott.

Curiosamente, en su modelo la presencia de murciélagos no es el indicio más importante de que se va a producir un desbordamiento. Por el contrario, afirma el científico, el predictor principal de en qué lugar se va a presentar el ébola es el índice de vegetación.

La masa vegetal “puede influir en toda una serie de especies”, argumenta. Aunque en el modelo estaban incluidos los murciélagos, “en el perfil dominaba la vegetación”. En otras palabras: en las zonas que han experimentado un episodio de desbordamiento, existe un patrón crítico de cobertura vegetal que promete ser de gran ayuda para identificar en qué lugares puede existir el riesgo de que aparezca el ébola en el futuro.

Ahora bien, aunque la cartografía ecológica del nicho de origen puede ser útil para predecir desbordamientos, todavía hay otro escondite menos explorado a tener en cuenta: la gente.

El ébola tiene una capacidad increíble de adueñarse de los fluidos corporales de los hombres que han sobrevivido a la enfermedad incluso mucho después de que se hayan curado. De hecho, un estudio descubrió que más de la mitad de los hombres que sobrevivieron a la epidemia de África occidental daban positivo por ébola en el semen un año o más después de su recuperación. En un caso, el análisis arrojó un resultado positivo nada menos que 565 días después de la curación. Debido al riesgo de que se propague la enfermedad, se recomienda a los supervivientes que eviten tener relaciones sexuales sin protección hasta que su semen haya dado dos veces resultados negativos a la presencia del virus.

A pesar de ello, Pigott piensa que vale la pena no perder de vista que, históricamente, la mayoría de los brotes han ido acompañados por referencias al contacto entre seres humanos y animales. Uno de los próximos pasos de la cartografía es introducir datos procedentes de nuevos brotes a fin de definir con exactitud qué clase de interacción entre seres humanos y animales favorece la transmisión. “Disponer de más información será útil para determinar qué provoca en realidad el desbordamiento”, concluye el científico. La deforestación puede ser uno de los culpables.

“La otra gran incógnita en relación con los futuros brotes es durante cuánto tiempo es viable una ruta de transmisión”, añade. Es difícil incorporar la transmisión a través de los supervivientes a un modelo predictivo por la sencilla razón de que no sabemos cuánto tiempo pueden ser portadores del virus y seguir contagiándolo. Aun así, Pigott –entre otros investigadores– ha utilizado los mapas de los nichos zoonóticos como punto de partida para elaborar un modelo que prediga dónde es más probable que los desbordamientos originen una epidemia.

La posibilidad de que el ébola se transmita entre humanos significa que puede reaparecer sin que se haya producido un episodio de desbordamiento procedente de la selva. Además, implica que no hace falta estar cerca de una zona boscosa para contagiarse. Dada la persistencia del ébola en el semen, ahora tenemos que rastrear a este curioso malhechor por dos vías y buscar ambos patones de aparición en nuestras caóticas secuencias de datos.

En conclusión, para estar preparados para el ébola. tenemos que descubrir cómo se mueve el virus tanto en entornos naturales como urbanos y averiguar cuál es su caldo de cultivo y cómo se desborda, además de seguirle la pista hasta todos los lugares a los que se desplaza cuando no estamos mirando desde la cabecera de la cama del hospital. Tratándose del ébola, las incógnitas son demasiadas como para estar tranquilos.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés por Mosaic Science.

Traducción de NewsClips.

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